Un inicio perfectamente imperfecto. O Muschio, un instrumento para un fin más noble.

Cuando empecé mi aventura con Muschio, mi enfoque en cuanto a visión y misión de la empresa siempre ha estado centrado en la cultura japonesa. Era imposible para mí realizar el trabajo artesano de hacer una kokedama sin tener en cuenta sus orígenes e historia. Mi vena investigativa, desarrollada en el campo de la Lingüística, abrió paso hacia un universo hasta entonces desconocido: la filosofía wabi-sabi. Como investigadora no me contuve y no me satisfizo conocerla desde la superficie. Profundicé en su entendimiento y mi proceso de aprendizaje me ha llevado a un camino fascinante e inesperado de sanidad interior y reencuentro con mis raíces, intereses y propósito. Si tu curiosidad te ha permitido llegar hasta estas líneas, te prometo que lo que sigue no te va a decepcionar: ¡sigue leyendo!

Por razones más complejas que las que cabe aquí mencionar, hace un año me quedé sin trabajo y como cualquier persona responsable, me dispuse a buscar, enviar CV’s e intentar subsistir en un mundo que no deja de cobrar – en todos los sentidos. Al enfrentarme con la realidad de un mercado deteriorado, sueldos vergonzosos y dedicación imposible de cumplir para una madre con dos bebés, me sentí incapaz, inhábil e insuficiente – pese a títulos de maestría, de doctorado, vasta experiencia y calificaciones sobresalientes.

Las puertas nunca se abrieron. Las oportunidades nunca llegaron. Excepto esta: emprender. Mientras cuidaba mis plantas y probaba diversas técnicas para hacer kokedama, empecé a escuchar un libro: Wabi Sabi: japanese wisdom for a perfectly imperfect life. Entre que escuchaba y no, me sentí identificada y me di cuenta de que no debería tomarlo a la ligera. Decidí comprarlo y estudiar a fondo el wabi-sabi. Desde el principio, sentí que finalmente el tiempo desaceleró y página tras página descubrí que wabi-sabi no se trata solo de estética japonesa, es un modo de vida, son principios que no se explican, sino que se viven y se asimilan en lo más profundo. Inconsciente y espontáneamente me fui distanciando de la virtualidad y superficialidad del mundo: de la constante necesidad de afirmación externa, de aceptación, de sostener una reputación, de buscar el éxito, de reflejar una realidad asintomática, aproblemática, resuelta y perfecta.

El siguiente paso ha sido recluirme socialmente, más que nada de las redes sociales. El olvidarme de los demás, me permitió tener tiempo para ser una curiosa de mí: definir quién soy más allá de mi CV, conocer mis gustos y mis intereses más allá de lo que dicta el algoritmo, y recordar las experiencias, las personas y los lugares que me moldearon. Aún sigo en ello, porque “no hay un ‘terminado’ un ‘completo’ o ‘perfecto’ en el aprendizaje. Solo hay eso, aprendizaje”. Me ilusiona ver que esta persona en la que lentamente me estoy convirtiendo alberga un mundo entero; un mundo que se refleja en cada pieza, cada cuadro, cada arreglo, cada proyecto. Los materiales, las combinaciones y los diseños revelan gustos arquitectónicos y artísticos que remontan mi origen olvidado (Belo Horizonte. ¡Esta es otra historia!) y marcado por las curvas de Niemeyer, los paisajes de Burle Marx, la Tropicália, los azulejos portugueses y las construcciones coloniales. La rebeldía inherente a esta sangre brasileña se reflejó, finalmente, en el redireccionamiento de carrera, en el cuestionamiento de mi status quo, y en la fusión entre el arte, la botánica y la arquitectura. Heme aquí, al estilo Oswald de Andrade[1], “canibalizando” (absorbiendo y creando algo nuevo) de otras culturas, filosofías, procesos y cánones.

Escribo estas líneas en mi rincón de escritura, que tiene un adorno especial: mi primer cuadro vivo de musgo preservado. Casi siempre no me doy cuenta de que está ahí, pero a menudo cuando respiro profundo siento el característico petricor capaz silenciar por unos segundos todo el ruido alrededor. Ese primer cuadro no es el más bonito, el más estético o instagrameable, pero cumple una función primordial: recordar los comienzos y mi bonito pasado; motivarme a seguir mi unicidad; e inspirarme a buscar la excelencia, no la perfección.



[1] Oswald de Andrade fue un escritor brasileño al que se le atribuye el origen de la Tropicália. Escribió el “Manifiesto Antropofágico”, en el que argumenta que la mayor fortaleza de los brasileños era la ‘canibalización’ de otras culturas. En esta obra, Oswald escribe una de sus más famosas frases: “Tupi or not Tupi: esa es la cuestión”. Haciendo referencia a los Tupis, y sus prácticas canibalistas rituales, y a su propio canibalismo como escritor, “comiéndose” a Shakespeare.

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